Empacho (Cuento)

EMPACHO
(CUENTO)
Oreste.     2000
 
El señor del chinchorro bajo la mata de mango, levantó la cabeza, apartándo el sombrero con el dedo índice de sobre los ojos y dijo:
 -Los indios de este valle, cuando todo este caserío era un gran conuco, curaban el Mal de Ojo con agua de manantial puesta al sereno y tocada por un Caballito del Diablo, esas libélulas, que llaman Salta Pozos.
      
La señora miró al niño con una sombra de angustia en los ojos. ¿Donde podría encontrar un Caballito del Diablo?, siendo tan rara su especie y escasa su población, mucho menos en un verano como aquél, donde el suelo de las lagunas evaporadas, dibujaban surcos y figuras caprichosas de tan cuarteadas y resecas que estaban.
     
 - ¿Donde? Se auto preguntó el señor, leyéndole el pensamiento. _Pues en “La Cumbre de Ña`Bartola”, prosiguió; un cerro donde se consiguen caracoles gigantes, porque hace tiempo estaba cubierto por el mar,  hay un pequeño pozo, donde el agua brota haciendo bombitas sonoras, tome el camino del sur, hacia el Salto la Sirena, pero debe salir enseguida para que llegue antes de rayar el sol, aproveche ahora que hay luna clara y llévese mi burro  para que lleguen rápido, tenga mucho cuidado que el camino es angosto por sobre filos de farallones a cuyo fondo se tira una piedra y no se escucha sonar, además hay mosquito de paludismo, fatales serpientes de activo veneno y felinos montañeses cuyos rugidos congelan la sangre. Yo no los acompaño porque le tengo miedo a los muertos y en ese sendero sale una cochina sin cabeza con siete cochinitos que caminan para atrás gruñendo feisimo que da escalofrío.
     
 No era cuestión de ponerse a medir peligros, pues el niño estaba muy enfermo, ya boqueaba y empezaba a blanquear los ojos, sudaba y temblaba  que le castañeaban los dientes y las rodillas le vibraban y chocaban entre si. Además el dispensario más cerca quedaba a día y medio de camino.

Montaron al burro y echaron a correr por entre la oscuridad, pensaba la señora que  aquel asno por su buena disposición, era más noble  que las miradas dañinas que habían postrado su angelito, por la envidia de verlo tan cachetón.

Tan pronto comenzaron a subir, el frío les acalambró las manos y el graznido de las aves nocturnas les calaba los huesos, cerraron los ojos y dejaron que el jumento siguiera la pica, sabían que estos animales miran en la oscuridad.
     
 Habían tomado ciertas previsiones antes de partir; los mosquitos que zumbaban a su alrededor no eran problema, pues se habían fletado aceite de coco con kuerosene, para las culebras le  untarón ajo a las patas del burro, para los tigres llevaban armiscle de mapurite y para los aparecidos... no llevaban nada!   El primer susto fue una luz que desde el suelo iluminaba dos ojos de fuego sobre un árbol, la señora estaba decidida a lo que fuera y por eso se acercó y vio que era una simple lata de sardina  que reflejaba la luz de la luna y rebotaba hasta un Yaguare que estaba encaramado. El segundo, un celaje blanco que frenó de golpe al burro, era una hoja de plátano que cruzaba el camino por la brisa, mostrando su lado blanquesino y a lo lejos daba la idea que un fantasma pasaba de un lado al otro. El tercero, era el Demonio, acostado en una curva del trayecto según se deducía por los cachos que  destacaban a contraluz, pero al lanzarle una piedra se paró aparatosamente y mugió, era una vaca.
     
 El canto de las Guacharacas les anunció que apuntaba la madrugada y que había un bebedero cerca, al aproximarse sintieron el borbollar del manantial, olieron el frescor del  monte y oyeron los animales nocturnos que abrebaban, espantarse con estrépito a  su presencia.
       
El clarol de la luna reflejado en el manantial, producía efectos de rayos lumínicos que se tejían caprichosamente al chocar y expandirse de sobre los pétalos de la variada flora que adornaba aquel fantasioso espacio natural.
       
Tomaron una concha de caracol gigante que por alli abundaban para usarla como recipiente y la llenaron con el agua que hacía un tenue sonido musical con el curso de su corriente, la pusieron sobre una piedra, con una emoción tan grande que les dificultaba respirar; esperaron a que llegara el anciado animalito volador y besara su contenido.
       
El burro aprovecho el descuido y se puso a beber y comer algún Gamelote de los alrededores.
       
Si el alba alumbraba primero que llegara el Caballito del Diablo el niño moriría,
Por eso la atribulada señora se hincó de rodillas y angustiada, se echó a llorar en silencio, cubriendo con su pelo a la inerme criatura.
     
 A punto de cuatro de la madrugada, precediendo una musicalidad de móviles metálicos y cascabeles, un enjambre de Grillos, Colibries, Mariposas, Cocuyos, y sapitos cantarinos,  pintaron de colores el recinto luminoso del manantial y las chispas del roscio montañero explotaron en un ramillete de arco iris. como en una coreografía plástica de polen  y escarcha, que se hizo día en el vientre de las sombras; el Caballito del Diablo  con sus alas transparentes, sus grandes ojos veteados  de rojo, amarillo y azul, su abdomen alargado, comenzó a hacer sus vuelos circulares y sus repentinas zambullidas, choques relámpagos contra la superficie del remanso del manantial y en uno de ellos, se posó sobre la cristalina agua del Caracol...
      
Pasado un tiempo la madre y el niño, construyeron una casita de dos pisos,  de Juasjua, barro y techo de Palma de Carata con jardín, muy cerca de aquel lugar, que de tan bello y mágico, las apariciones espírituales frecuentes, no daban miedo.

                                                                   FIN

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